Uno entre los grandes hombres 20 de Oct PDF


Por Hernán Brienza


Georg W. Hegel, en sus Lecciones sobre la filosofía de la historia universal, elabora un concepto interesante para ref lexionar y pensar sobre la figura del ex presidente Néstor Kirchner a un año de su muerte. El intelectual alemán sostiene que existe una categoría, un nexo, entre la razón universal que rige la historia y los intereses particulares, y que ese es el rol que les toca a los diferentes pueblos en una línea de progreso hacia la libertad. Pero también asegura que esos pueblos cuentan a veces con lo que él llama “los individuos históricos”. Dice Hegel: “Los grandes hombres de la historia son los que se proponen fines particulares que contienen lo sustancial, la Néstor Kirchnervoluntad del espíritu universal. Este contenido es su verdadero poder y reside en el instinto universal inconsciente del hombre. Los grandes hombres se sienten interiormente impulsados, y este instinto es el apoyo que tienen contra aquellos que emprenden el cumplimiento de tal fin en su interés. Los pueblos se reúnen en torno a la bandera de esos hombres que muestran y realizan lo que es su propio impulso inmanente”. ¿Fue Kirchner, entonces, un individuo histórico, un gran hombre de la historia argentina? ¿Cuál fue su principal legado?


Néstor Kirchner fue uno de esos “locos” 
que no abundan en la historia. 
Asumió la Presidencia después de la 
tormenta de 2001 y fue una tromba.

Néstor Kirchner fue uno de esos “locos” que no abundan en la historia. Asumió la Presidencia después de la tormenta de 2001 y fue una tromba. Flaco, desgarbado, desaliñado, ese 25 de mayo de 2003 jugó con el bastón de mando, sonrió, hizo muecas, se divirtió y dio uno de esos discursos inolvidables para la política argentina: “Formo parte de una generación diezmada. Castigada con dolorosas ausencias. Me sumé a las luchas políticas creyendo en valores y convicciones a los que no pienso dejar en la puerta de entrada de la Casa Rosada. No creo en el axioma de que cuando se gobierna se cambia convicción por pragmatismo. Eso constituye en verdad un ejercicio de hipocresía y cinismo. Soñé toda mi vida que este, nuestro país, se podía cambiar para bien. Llegamos sin rencores pero con memoria. Memoria no sólo de los errores y horrores del otro. Sino que también es memoria sobre nuestras propias equivocaciones”.



"Soñé toda mi vida que este,
nuestro país, se podía
cambiar para bien. Llegamos
sin rencores pero con memoria"

Y después, claro, hizo todo aquello que hacen los políticos: acertar, errar, negociar y gobernar con mayor o menor grado de felicidad. Pero su principal virtud era que solía salir del molde del político racional y especulativo. Lo demostró en la manera en que se dejaba aporrear por la gente, en la forma en que sacudió al periodista Claudio Escribano, cuando este lo amenazó desde La Nación, o cuando desautorizó a George W. Bush en la cumbre de presidentes en Mar del Plata y decidió “enterrar el Alca”. Ni qué hablar cuando hizo bajar el cuadro de Jorge Videla de las paredes del Colegio Militar de la Nación. Kirchner huía para adelante. Esa era su principal virtud: cierto coraje que no abunda en los ámbitos políticos. No gobernó para los poderosos de este país y del mundo. Aun entendiendo las reglas del juego siempre traccionó sus políticas en beneficio de las mayorías. Era duro para negociar con los duros.


Kirchner era distinto. Hegel sostiene que el valor de los individuos históricos consiste en que “sean conformes al espíritu del pueblo, que sean representantes de ese espíritu”. En algún punto, después de la crisis de 2001, el ex presidente logró sintetizar los intereses, la cultura, los anhelos y las preocupaciones de los argentinos y también tuvo la posibilidad de actuar desde el Estado conforme a esos deseos e inquietudes. Logró convertirse en representante de un importante sector de su pueblo. Pero lo interesante en su caso es que no lo hizo desde la oficialidad de lo establecido sino que se convirtió en un signo de la contracultura aun cuando formara parte y estuviera en el vértice del Estado. La construcción del “Nestornauta” como figura política que trasciende la vida y la muerte, como héroe que combate a los invasores –una creación de los sectores jóvenes de la política–, demuestra claramente que a pesar de haber sido presidente de la Nación, a pesar de haber sido el hombre fuerte del peronismo mientras su esposa Cristina Fernández de Kirchner gobernaba el país, era visualizado por amplios sectores de la Argentina como un hombre contestatario, revulsivo, a contramano de los poderes reales que manejan la economía, la comunicación, el poder en el país. Pero no sólo desde una cuestión meramente política; también había una apuesta estética por su parte que rompía con los cánones de belleza heredados del neoliberalismo: flaco, alto, medio desgarbado, virola, de nariz ganchuda, que movía las manos espasmódicamente, que tenía defectos en la dicción. Y no es poca cosa. Porque en tiempos de la personalización de la política –un fenómeno mundial– la imagen de un líder dice mucho de su apuesta ideológica. También desde su imagen, Kirchner fue contracultural.



EL ESTALLIDO

Luego de su muerte estalló un fenómeno social que no estaba previsto en la agenda política de nadie: la respuesta de la militancia política y de miles de personas no encuadradas que se sintieron interpeladas por la desaparición del ex presidente. Millones de personas se reconocieron en esa muerte, se sintieron parte de ese proceso sin haberlo sabido, porque no participaban del proceso kirchnerista. Con esa irrupción popular se constituyó una nueva legitimidad que fortaleció al gobierno de Cristina Fernández; que, hoy podemos saberlo, amplió la base social y electoral del kirchnerismo, maduró la militancia de muchos simpatizantes del modelo nacional y popular y permitió acercar a nuevos sectores de la sociedad que permanecían indiferentes.


Millones de personas 
se reconocieron en esa muerte, 
se sintieron parte de ese proceso
sin haberlo sabido.

De esa movilización social y política surgió un nuevo elemento, una nueva subjetividad, que es la juventud. Porque la mayoría de los que fueron a la Plaza de Mayo a despedir por aquellos días a su líder no superaban los 35 años. El fortalecimiento de La Cámpora como actor político de peso, el engorde de las juventudes del peronismo, el Movimiento Evita, la Descamisados, la Sindical, el nacimiento de la Generación 27 de Oktubre, se convirtió en un capital político invaluable que fue movilizante y abre posibilidades de renovación generacional no sólo para 2011 sino también para un futuro. Son esos miles y miles de muchachos y muchachas que participan de los actos pero que también participan en los locales barriales y, algunos de ellos, ya tienen un espacio en el Gobierno o en las legislaturas. Es cierto que no fue un movimiento que naciera exactamente tras la muerte de Kirchner, ya que se trataba de experiencias latentes, pero lo real es que recién después del 27 de octubre fueron visibilizadas por los grandes medios. Y también se produjo una nueva etapa de engorde de las organizaciones juveniles que con su entusiasmo le dieron un nuevo impulso a esa militancia. Se trata de un capital político invaluable que, dotado de las herramientas organizativas necesarias, puede convertirse en un fuerte actor en los próximos años que ayude a inclinar la balanza a favor del modelo productivo y de inclusión social que se profundizó desde 2003.


Néstor jovenHegel sostiene que los héroes son los que transforman lo dado, lo estatuido con el fin de cumplir con los objetivos de la razón universal. “Los grandes individuos de la historia universal son los que aprehenden este contenido universal superior y hacen de él su fin; son los que realizan el fin conforme al concepto superior del espíritu… No hallan su fin y su misión en el sistema tranquilo y ordenado, en el curso consagrado de las cosas. Toman su justificación del espíritu subterráneo, que no ha llegado aún a la existencia actual y quiere surgir, del espíritu para quien el mundo presente es una cáscara… Los grandes hombres son clarividentes, saben lo que es la verdad de su tiempo, de su mundo… Sus discursos y sus acciones son lo mejor que podía decirse y hacerse”.


Y Néstor Kirchner, de alguna manera, ha interpretado el espíritu de su tiempo y de su época. Lideró un proceso político signado por los deseos no imaginados de la mayoría de los argentinos. Diseñó un país con crecimiento sostenido, inclusión social, el Estado como árbitro, la inclusión del movimiento obrero organizado en la discusión del poder, la política de justicia respecto de las violaciones de los derechos humanos, el desendeudamiento, el orden fiscal, la independencia de criterio en política internacional, el fortalecimiento de los lazos regionales –no es casualidad que haya sido elegido como el primer “presidente” de Unasur– y el regreso de la política como agonía y discusión fueron algunas de las buenas nuevas que puso Kirchner sobre la mesa en este nuevo siglo.



NACIONAL Y POPULAR

Sin embargo, la gran característica que representó su acción política fue su nacionalismo político. Néstor Kirchner puso a discutir los distintos discursos sobre la Nación. Cierta dignidad arrabalera, primaria, primitiva, si se quiere, campeaba en la forma en que el “flaco de traje gris abierto” se relacionaba en materia de relaciones exteriores y de negociación con los organismos de crédito y en la defensa del Estado contra el abuso de las empresas trasnacionales. Y esto obligó a redefinir culturalmente el mapa histórico y el debate público. Porque por primera vez desde la instauración democrática se volvió a debatir –en el terreno teórico pero también en la práctica– la cuestión nacional y las identidades subyacentes. Volver a reflexionar sobre la argentinidad –incluso bajo el alumbramiento de un nuevo decisionismo político– obligó, también, a revisitar la historia y resignificar el pasado. Un legado del primer kirchnerismo es también el fortalecimiento de lo que se conoce como neorrevisionismo histórico. Y la misión particularísima de Néstor Kirchner en los años de 2003 a 2007 fue justamente recuperar la autoestima nacional, motor fundamental para la identidad de una nación.


Hegel sostiene que “quienes han tenido la fortuna de ser los apoderados o abogados de un fin que constituye una fase en la marcha progresiva del espíritu universal… no han sido lo que se dice comúnmente dichosos. Tampoco quisieron serlo, sino sólo cumplir su fin; y la consecución de su fin se ha realizado mediante su penoso trabajo… No es por tanto la dicha lo que eligen, sino el esfuerzo, la lucha, el trabajo por su fin. Cuando llegan a alcanzar su fin, no pasan al tranquilo goce, no son dichosos. Lo que son ha sido su obra. Esta su pasión ha constituido el ámbito de su naturaleza, todo su carácter. Alcanzado el fin, semejan cáscaras vacías, que caen al suelo. Quizás les ha resultado amargo el llevar a cabo su fin; y en el momento en que lo han conseguido, o han muerto jóvenes, como Alejandro Magno, o han sido asesinados, como César, o deportados, como Napoleón. Cabe preguntarse: ¿qué han logrado para sí? Lo que han logrado es su concepto, su fin, eso mismo que han realizado. Ni ganancia alguna ni tranquilo goce. Los hombres históricos no han sido lo que se llama felices”. La muerte prematura de Kirchner, la pasión devoradora con que llevó adelante su misión política, recuerda las palabras de Hegel. Ante su muerte al pie del cañón todas las acusaciones de la oposición respecto de las ambiciones personales quedan minimizadas. El simple hecho de saber que Néstor murió haciendo política despertó en una amplia mayoría la conciencia de que no se trataba de un dirigente más, que no buscaba su propia comodidad y enriquecimiento sino que su pasión estaba dirigida a cumplir su misión.


Roberto Caballero, director de Tiempo Argentino, escribió días después del fallecimiento de Kirchner: “Murió Néstor, nació el kirchnerismo”. Tenía bastante razón. Se trata de un movimiento que excede, atraviesa y al mismo tiempo contiene al peronismo. Lo que era imposible prever era qué iba a ocurrir un año después de su muerte. Ahora se sabe. La actual conductora del movimiento nacional, popular y democrático ha logrado extender la brecha de popularidad –en términos cuantitativos pero cualitativos, es decir profundidad de apoyo y militancia– y llegó a las elecciones con una fortaleza inimaginable que la pone en condición de estar entre los tres presidentes más votados de toda la historia argentina y continuar con el proceso de profundización del modelo de crecimiento productivo con inclusión social. Y como si fuera poco, el “estilo” de la Presidenta logró convocar a nuevos sectores de clase media, o hasta poco politizados y, por lo tanto, movió la aguja de su imagen positiva y la intención de voto a su favor, lo que sirvió para disciplinar las huestes del peronismo cuyos hombres fuertes, como se sabe, apuestan siempre a ganador.


Néstor Kirchner será inolvidable para la gran mayoría de los argentinos, sin duda. Estableció las reglas de juego para el país de siglo XXI e inició el proceso de restablecimiento del Estado y de la política. El futuro le hará justicia. Fue, si se me permite jugar con la filosofía hegeliana, un individuo histórico, uno de esos “grandes hombres”. Pero ha tenido mala suerte. No le ocurrió como a Juan Domingo Perón al que quienes lo sucedieron lo han hecho peor. Néstor ha tenido un poco de mala suerte en ese sentido. Ha tenido una gran continuadora. Pero, claro, todavía no son tiempos de comparaciones odiosas.


Fuente: Revista Caras y Caretas Octubre 2011


 

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